Posteado por: zco1999 | 13 agosto 2009

Regreso nocturno al “Naranjito”

Lo supe desde que acabé mi primera inmersión en el pecio. La cosa no podía quedar así después del incidente que presencié en el Naranjito. Los barcos hundidos, como los campos de batalla o las cumbres de algunas montañas, tienen alma, una personalidad que intentan impregnar a quienes los alcanzan y se adentran  en ellos. Y sé que no me hubiese sentido bien dejando atrás las aguas del Cabo de Palos y el Naranjito allá en su fondo sin volver a visitarlo y reconciliar mi espíritu con el del pecio.

Así pues, decidí que lo mejor era volver a bucear en el viejo carguero, y esta vez iba a ser de noche. Tras haberlo buceado de día, tenía un aceptable mapa mental del pecio, lo cual debía facilitar mucho mi segunda incursión en él.

Pero, en efecto, aquello tenía un cierto aroma a exorcismo. Me sumergiría en las tinieblas, descendería casi hasta los 40 m para reencontrarme entre los hierros de aquel navío con mis propios fantasmas, los mismos que merodean al fondo de la mente de cualquier buceador cuando abandona la aparente seguridad de la superficie.

Una inmersión nocturna en el Naranjito reune tres ingredientes que hacen que no se trate de un buceo trivial -si es que hay alguno que lo es-. Se trata de un buceo profundo que implica descompresión, en un pecio lo que siempre añade los riesgos de un espacio confinado, con techos, redes y otras trampas para el buceador, y sin otra fuente de luz que la que uno lleve consigo. Es decir, además del aire, hay que tener muy presente la carga de luz que se debe llevar. Quedarse a oscuras en la bodega de un barco hundido a 40 m de la superficie sin ninguna referencia de orientación, tiempo de inmersión o aire en la botella de buceo es, sin lugar a dudas, un verdadero problema. Yo diría que, casi, la verdadera pesadilla de cualquier buceador.

Volvíamos a ser seis buceadores, divididos en tres parejas por el guía de la inmersión. Mi compañero era Olaf, un buceador alemán con el que hice buenas migas rápidamente. El ambiente del grupo destilaba una mayor preparación y seriedad. Todos ibamos equipados con luz estroboscópica, dos fuentes de iluminación, y en mi caso doble regulador. Olaf, llevaba una segunda botella con mezcla Nitrox 75 para realizar su descompresión.

Salimos de puerto ya anochecido, y mientras nos dirigíamos al lugar de la inmersión la luna comenzó a salir por el horizonte justo a nuestra proa, al principio apenas era una mancha carmesí junto al faro de las islas Hormigas. Poco a poco, la luna llena se fue tiñendo de un rojo profundo, sanguíneo, conforme comenzaba su ascensión al cielo estrellado. Aquello, pensé, soló podía ser una buena premonición.

Ya  en el agua, mientras esperaba al resto de compañeros de inmersión, cada movimiento de mis aletas era respondido por destellos azulados del agua marina. Se trata del fenómeno de la bioluminiscencia, producido por el microplancton marino, seguramente por dinoflagelados de  la especie Pyrocystis fusiformis.

Bolsa de agua marina con dinoflagelados emitiendo destellos bioluminiscentes al ser agitados.

El mar nocturno nos fue engullendo conforme descendíamos al pecio, únicamente los destellos de nuestras linternas rasgaban la opaca negrura que nos envolvía. Hasta que casi coincidiendo con la termoclina que bajaba la temperatura del agua a unos 14º C aparecío bajo nuestras aletas la proa del Naranjito.

Siempre me ha parecido que el buceo nocturno es lo más similar a un paseo espacial que podemos experimentar  sin abandonar nuestro planeta. Allí, a casi 30 m de profundidad nos fuimos reuniendo los buceadores y comenzamos el recorrido hacia la popa. Tardé un poco en encontrar el ritmo respiratorio adecuado, pues no hacía más que recordar que era mi segunda inmersión de la jornada y que debía ser muy cuidadoso con el nivel de nitrógeno en mi organismo y mi descompresión. Pero hay que saber atar esos pensamientos y mantenerlos bajo control.

Alcanzamos la popa y nuestros focos iluminaron el fondo de arena a los 44 m que esta vez no íbamos a alcanzar. Lentamente fuimos regresando, recorriendo el pecio, descubriendo su fauna agazapada aquí y allá; brótolas, congrios, morenas, y un buen número de crustáceos y otros invertebrados que han hecho de esa mole de metal oxidado su hogar. El mar tiene esa cualidad, se adueña de todo lo que entra en sus dominios y lo transforma en algo propio, un nuevo ecosistema pleno de vida donde una vez sólo hubo una maquinaria humana desmoronada y abandonada por una tragedia.

Al cabo de los minutos todos ibamos confirmando en nuestros ordenadores que habíamos entrado en tiempo de descompresión, y nos fuimos reuniendo alrededor del cabo del fondeo. A la señal del guía iniciamos el ascenso hasta la cota donde haríamos nuestra parada para eliminar el exceso de nitrógeno en nuestro sistema circulatorio. El agua parecía hervír a mi alrededor, tal era la cantidad de burbujas que ascendían por la respiración de mis compañeros de buceo.

Cuando saqué la cabeza a la tibia brisa nocturna supe con satisfacción que con aquella inmersión había hecho lo que necesitaba hacer.

Ahora conozco el Naranjito, y él me conoce a mí. Y ambos nos respetamos y sabemos cuál es el lugar de cada uno. Y mientras escribo estas líneas, lo siento allá abajo, mecido por las corrientes del fondo, dando cobijo a todas esas criaturas marinas que han hecho de él su hogar. Y sé que espera, con esa paciencia infinita de los objetos inanimados, a que decida volver a visitarlo.

Y también sé que volveré a su encuentro.

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Responses

  1. Pero bueno Alfonso, este texto es para un concurso de relatos, con foto y todo ¡Qué pasada! ¿Te das cuenta de que sois pocos los privilegiados que tenéis la ocasión de vivir experiencias como esas?

    ¡Qué bonito! ¡Enhorabuena! No sólo por tener la posibilidad y aprovecharla, sino también por la forma en la que la has compartido.

    Un saludo

    M.

  2. Gracias por tus palabras Mariela. Lo cierto es que fueron una noche y una inmersión especiales, tanto por sí mismas como por la historia previa. Me alegra haber logrado transmitirte con mi relato mi pasión por el mar y el buceo.

    Si entre estas líneas has escuchado lo que el pionero del buceo español Eduardo Admetlla denominaba “la llamada de las profundidades” me doy por satisfecho. El mar siempre nos espera y de nosotros depende oír su voz y regresar a su encuentro.

    A.


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