Posteado por: zco1999 | 17 diciembre 2009

Salem Express: el pecio de las mil voces (2)

Continuación de: Salem Express: el pecio de las mil voces (1)

El pecio

El Salem Express es uno de los mayores pecios del Mar Rojo que se puede bucear de forma regular por buceadores deportivos. Esto es debido por una parte, a su cercanía a la costa, lo que hace que sea fácilmente accesible. Por otra, la profundidad a la que se encuentra, algo menos de 32 m, permite inmersiones de una duración razonable sin excesivas complicaciones técnicas. El barco se halla apoyado sobre la banda de estribor en un fondo prácticamente horizontal, por lo que recorrerlo en toda su longitud no implica cambios de nivel que puedan dificultar la inmersión o que obliguen a una exploración exterior en una dirección determinada. A ello hay que añadir el hecho de que la orientación en él es relativamente sencilla, al contrario de lo que sucede en otros pecios apoyados en pendientes pronunciadas. Además, una excepcional claridad de las aguas y una magnífica luminosidad, permiten contemplarlo en su completa magnitud, lo que facilita planificar y rectificar la inmersión sobre la marcha sin mayor dificultad. De hecho, y aun sin ser esto completamente cierto, ésta es una inmersión que en casi cualquier guía de buceo del Mar Rojo se encuentra clasificada como apta para cualquier nivel de buceo.

La inmersión exterior

El lugar donde yace el Salem Express era fácilmente reconocible por la presencia casi constante de varios barcos de transporte de buceadores. El mar estaba algo movido y nuestra embarcación tuvo que realizar varias maniobras para colocarse en el fondeo de popa del pecio.

No eran todavía las 7 de la mañana, y a pesar de estar recién levantados y en ayunas la actividad entre el grupo de buceadores era ágil y concienzuda. Flotaba en el ambiente una cierta tensión, mal disimulada por un silencio apenas roto de cuando en cuando, mientras revisábamos los reguladores, desconectábamos los focos de los cargadores, y comprobábamos el equipo fotográfico. Sabíamos que lo que nos esperaba en el fondo no era uno de tantos pecios. Su magnitud, lo reciente de su naufragio, pero sobre todo, el tributo en vidas humanas que se había cobrado el mar en ese mismo punto hacía algo más de diez años, eran motivos más que suficientes para justificar nuestro estado de ánimo.

Una vez en el agua, y mecidos por el vaivén de las olas nos distribuimos en los grupos de inmersión habituales, y nos fuimos acercando por superficie hasta el punto donde iniciaríamos la inmersión. Treinta metros más abajo se divisaba el fondo arenoso, salpicado por pequeños macizos de roca coralígena, que se fundía con el azul verdoso que teníamos enfrente nuestro. Aleteábamos con una cierta ansiedad sin saber muy bien qué era lo que nos esperaba cuando, de pronto, las sombras se materializaron como si un gigantesco velo se hubiese abierto ante nuestros ojos.

Ahí estaba, frente a nosotros, la popa gigantesca y majestuosa del Salem Express. Aún estábamos en superficie y ya distinguíamos la sobrecogedora magnitud del pecio que yacía en el lecho marino perdiéndose del campo visual. La visión inicial se antojaba la de una maqueta a escala de algún diorama de un museo, tal era la claridad de las aguas.

Iniciamos el descenso hasta alcanzar en primer lugar el mástil, ahora paralelo al fondo. Continuamos el descenso hasta el lecho arenoso, a nuestro alrededor una miríada de objetos como detenidos en el tiempo, entre los que destacaban los botes salvavidas que daban fe de la proporción de la tragedia de su hundimiento. Todavía sobrecogidos por la presencia de todos aquellos artefactos inquietantemente cotidianos, navegamos hasta la proa. Allí pudimos comprobar el efecto de la embestida contra el arrecife. La quilla retorcida, el portón de proa abierto y la raja del casco. La agonía tuvo que ser en efecto muy rápida.

Los corales ya habían comenzado a colonizar la superficie del pecio, aportando toques de color y vida a este gigantesco sarcófago. Pero a pesar de toda esta colonización, todavía eran claramente visibles sobre las planchas de acero de la amura de babor el nombre del ferry, tanto en caracteres latinos como árabes. Proseguimos por la banda de babor, ascendiendo de cota suavemente, mientras hacíamos de cuando en cuando rápidas incursiones a los corredores exteriores, a la sala de control, el restaurante, o metíamos la cabeza por alguno de los ojos de buey de los camarotes del pasaje.

Por fin llegamos a la popa, y en ella, nos deleitamos con la siempre sobrecogedora visión del timón y de sus dos enormes hélices de cuatro palas. Continuamos planeando cada vez a menor profundidad sobre la banda de babor, observando las concreciones coralinas, los nudibranquios y demás organismos que han encontrado en este nuevo arrecife metálico su hogar.

A punto de terminar la inmersión encontramos una ruta hacia el interior, directa al núcleo del navío. El corazón nos dio un pálpito. Nos miramos, y al instante supimos que si teníamos oportunidad de realizar una segunda inmersión, esta vez nos abriríamos paso a través de aquel incierto pasadizo.

El interior

Si el exterior del Salem Express es una inmersión hasta cierto punto sencilla, no se puede decir lo mismo de su penetración. En este caso hay que tomar todas las medidas necesarias (e.g., iluminación, hilo guía, regla de los 2/3, aleteo de espeleobuceo) y sobre todo ser absolutamente conscientes de las propias limitaciones. Lamentándolo mucho, y por seguridad, decidimos prescindir de los equipos fotográficos, pues no sabiendo que tipo de pasadizos íbamos a encontrarnos, las cámaras y flashes pueden entorpecer muchísimo el avance interior.

Descendimos por la abertura, similar al hueco de un ascensor, tres niveles hasta llegar a un pasillo suficientemente ancho y de aspecto suficientemente seguro para iniciar la penetración. En cuanto nos alejamos de la radiación solar, desapareció la vida y penetramos en un mundo gris y sombrío, en el que el lodo cubría cada rincón. Debíamos  mantener una flotabilidad exquisita, para no acercarnos al fondo y levantar con nuestro aleteo el limo. Aún así, la visibilidad era de apenas cinco metros. Avanzábamos lentamente, en fila india, cada cual iluminando con su foco una porción del pasadizo, y creando sombras fantasmales en las paredes.

De pronto frente a nosotros apareció la silueta del primero de muchos automóviles de la bodega, apoyado sobre un lateral, contra la pared que ahora hacia las veces de suelo. Sorprendentemente bien conservado a pesar del tiempo y del naufragio, era una visión estremecedora. Ante la luz de nuestros focos descubrimos, diseminados por el interior, diversos objetos personales que sus dueños dejaron en los asientos. Continuamos nuestro avance con cautela, hacia un nuevo automóvil, y tras éste otros más. El espacio disponible para el avance se había reducido mucho y cada movimiento debía ser absolutamente preciso.

Habríamos avanzado una treintena de metros, cuando por fin llegamos a la gigantesca estancia de proa. La sensación de haber penetrado en una catedral sumergida se veía acrecentada por los rayos de luz que se filtraban a través de las grietas y aberturas del casco. Nuestros manómetros nos indicaban que era momento de iniciar el regreso, y decidimos aprovecharlo para explorar el pasadizo de un nivel superior, sabedores de que ante el más mínimo obstáculo retrocederíamos y regresaríamos por el camino ya conocido.

Penetramos por la nueva galería, y no tuvimos que dar muchos golpes de aleta para adentrarnos en una escena que a todos nosotros se nos quedará grabada para siempre en la memoria. Aquel pasillo se encontraba literalmente abarrotado de enseres personales de los últimos viajeros del Salem Express. A nuestro alrededor se apilaban decenas de maletas, algunas cerradas, otras reventadas por los golpes del naufragio que mostraban sin el menor pudor las pertenencias que sus dueños habían guardado en su interior. De cuando en cuando, un colchón enrollado y atado, una bicicleta, un cochecito de niño, cajas, mantas… Todos aquellos objetos, perfectamente preservados, con sus colores y texturas prácticamente intactas en la oscuridad del pecio, nos hablaban directamente al alma, con una fuerza inenarrable. Continuamos avanzando con lentitud, sabedores de que cientos de ojos nos observaban desde aquellos pasaportes abandonados, desde aquellos recuerdos envueltos en papel de regalo, desde cada objeto y rincón de aquel pasadizo. Por fin, al fondo del pasillo vimos la claridad de la luz del sol, y avivamos un poco nuestro aleteo para salir de aquel lugar y de nuestro propio estremecimiento.

Aquella noche, en el barco, no nos fue posible conciliar el sueño. Nuestra mente bullía con las poderosas imágenes y sensaciones que nos habíamos traído con nosotros desde el Salem Express. Y como guiados por el eco de algún espíritu, los buceadores que habíamos penetrado aquella tarde en el interior del pecio, nos reunimos en el salón del Oceane II y juntos exorcizamos nuestros propios fantasmas.

Este artículo no habría sido posible sin la inestimable participación de Esther Jiménez, Fernando Irizar y Gonzalo Ferrer, nuestros compañeros en las inmersiones en el Salem Express.

(Artículo publicado originalmente en: PARDO, A. y CRUZ, J. M. (2006): Salem Express, el pecio de las mil voces. Inmersión, nº 73, pp. 54-60.)


Datos técnicos Salem Express
Sus otros nombres Fred Scamaroni, Nuits Saint Georges, Lord Sinai y Al Tahara
Eslora 100,29 m
Manga 18,1 m
Desplazamiento 4771 toneladas brutas
Calado (sin carga) 4,94 m
Potencia 14,880 cv
Motores 4 motores diesel de 8 cilindros
Número de hélices 2
Número de turbinas de maniobra 2

Datos de interés

Localización 26˚ 39’ 01’’N, 34˚ 03’ 48’’E, en los arrecifes Hyndman al sureste de Safaga
Profundidad mínima 10,5 m al alcanzar la banda de babor del pecio
Profundidad máxima 30,5 m al alcanzar el lecho marino
Visibilidad media Entre 35 y 45 m
Tipo de fondo Arenoso
Equipo de buceo Para realizar una exploración del exterior no es necesario equipo especial. Una exploración del interior requerirá el equipo habitual para la exploración de grutas (i.e., focos, localizadores estroboscópicos, hilo guía, equipo redundante y botellas de gran capacidad)
Equipo fotográfico En general se requerirá óptica gran angular (<20 mm) dadas las proporciones del pecio. Fotografía con luz ambiente o con flash de relleno para matar las sombras. En el interior del barco la fotografía es muy complicada dada la cantidad de partículas en suspensión.
Temperatura del aire 24˚C de media en abril
Temperatura del agua 25˚C de media en abril
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  1. […] (continúa en: Salem Express: el pecio de las mil voces (2)) […]


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