Posteado por: zco1999 | 28 febrero 2010

Tesoros sumergidos (3): la fiebre del oro y las vajillas

Mel Fisher era un granjero de Indiana obsesionado con encontrar su propio tesoro desde que leyó “La isla del Tesoro” en su niñez. Se trasladó a Florida, aprendió a bucear y, en 1969, inició la búsqueda de los restos del Nuestra Señora de Atocha, hundido por un huracán en 1622 en aquellas aguas. “Hoy es el día” se convirtió en su lema, que le llevó a invertir 16 años de su vida buscando el tesoro del Atocha en los Cayos de Florida. En 1973, hallaron tres lingotes de plata cuya numeración correspondían al manifiesto del Atocha conservado en Sevilla. Finalmente, el 20 de julio de 1985, encontró el ansiado tesoro de oro y plata, valorado en 400 millones de dólares. El hallazgo, no obstante, tuvo un altísimo precio: su hijo Dirk y su esposa Angel, y el buzo Rick Gage murieron en 1975 durante la búsqueda del tesoro.

En 1980 el buceador Keith Jessop, adquirió los derechos para recuperar las 4,5 toneladas de oro del HMS Edinburgh. El crucero, hundido en 1942 por destructores de la Kriegsmarine en el mar de Barents cerca Murmansk y declarado oficialmente tumba de guerra en 1957, yace a 254 m de profundidad en un mar rudo de aguas a unos 4º C. Los 465 lingotes eran el pago de Stalin por los materiales enviados por los aliados a la URSS. Al tratarse de una tumba de guerra, no se podían usar explosivos ni otras técnicas de extracción agresivas. Con tremendo esfuerzo y varios accidentes graves, Jessop y sus buceadores penetraron al pecio. El 15 de septiembre de 1981 encontraron el primer lingote en un pañol de munición. El 7 de octubre el mal tiempo les hizo dar por terminada la operación. Habían recuperado 431 de los 465 lingotes de oro, con un valor estimado en unos 43 millones de libras esterlinas.

Hay otros tesoros mucho menos valiosos y no por ello menos codiciados. Los artefactos del Andrea Doria son quizá el caso más famoso. Peter Gimbel y Joseph Fox bucearon y tomaron las primeras fotografías del pecio para la revista Life apenas un día después del naufragio. Hundido el 25 de julio de 1956 tras colisionar con el MS Stockholm, el Doria yace a unos 72 m de profundidad en aguas de Nantucket.

Desde entonces el “Everest de los pecios” ha sido explorado en busca de trofeos. Atrapados en la llamada “fiebre de la porcelana” los buceadores han penetrado en su interior en busca de las vajillas y cubertería de 1ª, 2ª y 3ª clase, verdaderos trofeos para sus propietarios, e incluso fuente de negocio, pues algunas piezas se venden en Internet por  1000 dólares la unidad.

Pero la búsqueda de artefactos en el Doria ha dejado su inevitable rastro de tragedia. No menos de 14 buceadores se han ahogado en el interior del pecio enredados en las innumerables trampas que oculta este trasatlántico o por enfermedad descompresiva, desde que en la década de 1980 se inició su buceo sistemático.

Si hay un entorno que obsesiona a los buceadores, éste es sin duda un barco hundido. El Dictionary of Disasters at Sea recoge 12,542 barcos mercantes, de pasajeros y de guerra hundidos tan sólo entre 1824 y 1962, pero lo que se oculta bajo el mar aún más impresionante. La UNESCO estima que en los fondos oceánicos yacen, aún por descubrir, más de 3 millones de pecios de navíos naufragados. Entre todos ellos, hay buceadores que esperan encontrar el próximo Nuestra Señora de Atocha, HMS Edimburgh, o Andrea Doria.

Pero estos tres famosos pecios nos han mostrado que la sed por los tesoros de las profundidades nunca se sacia con un simple golpe de suerte.

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