Posteado por: zco1999 | 7 mayo 2010

De la caza de mamuts al mejillón cebra: La actividad humana como vector de cambio en la biodiversidad

(Publicado en:  PARDO, A. (2010): El ser humano como agente de cambio de la biodiversidad. Heraldo de Aragón (26/04/2010), Frontera Azul nº 269, pp.2-3; accesible en Frontera Azul en Heraldo.es)

En pleno apogeo de la última glaciación hace unos 15,000 años, un grupo de seres humanos, los Clovis, cruzaron el paso de Beringia –el actual estrecho de Bering- desde el confín de Asia hacia las tierras de Alaska. Se iniciaba así la conquista humana de los continentes americanos. Los datos paleontológicos de excavaciones en localidades del norte y sur de América muestran algo sorprendente. Conforme los Clovis avanzaban desde tierras canadienses hasta la Patagonia, lo hacía también el frente de extinción de los grandes mamíferos americanos. Paul Martin, investigador de la Universidad de Arizona lo resume así: “Los grandes animales se extinguieron no porque perdieran su fuente de alimentos sino porque ellos se transformaron en una”. Muchos investigadores están convencidos de que cerca de setenta y cinco especies de grandes mamíferos, entre ellos los mamuts, los mastodontes, los antílopes de cuatro cuernos, los gliptodones, o los smilodones “dientes de sable”, se extinguieron víctimas de las cacerías humanas. Este proceso de extinción que coincidió con el fin de la última glaciación fue tremendamente selectivo, pues acabó en todos los continentes con especies de un peso superior a los 50 kg. Y los datos sugieren que el ser humano tuvo en ella un papel muy destacado.

Las estrategias de supervivencia de nuestra especie y las tecnologías que hemos desarrollado para ello han tenido un impacto directo en la biodiversidad del planeta desde el inicio de nuestra expansión geográfica. El éxito evolutivo del ser humano radica en nuestra ansia de colonización y a la capacidad de modificar los territorios conquistados para adaptarlos a nuestras necesidades vitales. Construimos ciudades, puentes, túneles, presas, autopistas; modificamos el curso de los ríos, desecamos marismas, conectamos mares y océanos con canales. Llegamos a cada nuevo lugar con nuestra provisión de plantas y animales domésticos que nos servirán de alimento. Desaparecen las barreras geográficas que impiden la expansión de algunas especies; diversos organismos son introducidos voluntaria o involuntariamente por el ser humano en nuevos ecosistemas donde sus efectos en la comunidad existente son siempre imprevistos. En ocasiones, algunas poblaciones o especies son exterminadas en unos pocos años o décadas. Desde que el hombre ha impuesto su hegemonía en la biosfera, los ecosistemas de todos los rincones del planeta han estado en un estado crisis permanente.

Esto ha sido especialmente patente en los ecosistemas incomunicados por importantes barreras geográficas, las islas. En Nueva Zelanda, las moas -unas aves no voladoras gigantes que medían cerca de 3 m de altura y pesaban unos 250 kg- se extinguieron a finales del siglo XVI, coincidiendo con la llegada de los primeros grupos de cazadores maoríes a estas islas.

Igual de trágica es la extinción de otra ave no voladora, el dodo, endémico de la isla de Mauricio. Los colonos occidentales introdujeron nuevas especies en la isla: cerdos, perros, gatos y ratas que ejercieron una tremenda presión ecológica sobre esta ave que no había tenido depredadores hasta ese momento. La destrucción de los bosques, el hábitat natural del dodo, el saqueo de sus nidos a ras de tierra y la caza tanto por el ser humano como por las nuevas especies introducidas fueron las causas de su rápida extinción. Como consecuencia se produjo la completa extinción de esta ave un siglo después de la llegada de seres humanos a la isla a finales del siglo XVII, convirtiéndola en el arquetipo de especie extinta a causa de la intervención humana. La lista es larga e incluye especies en todos los continentes, entre ellos el lobo marsupial o tilacino, la vaca marina de Steller, los tigres de Java y Bali, la musaraña balear, el bucardo -la cabra montés de los Pirineos–, o el baiji -el tristemente célebre delfín del Yang Tse que se cree extinguido pero que todavía no ha entrado oficialmente en la lista de animales extintos-.

Pero la biodiversidad no sólo es alterada por las extinciones. La introducción de especies alóctonas en los ecosistemas es otro de los efectos directos de la actividad humana. Las denominadas especies invasoras en el mejor de los casos desequilibran los ecosistemas en los que se han introducido hasta que éstos logran estabilizarse de nuevo. Pero eso tiene un coste, la introducción de especies puede alterar la abundancia y composición de las comunidades. En el peor producen la extinción local de especies autóctonas, y el desequilibrio prolongado o permanente del ecosistema al transformarse en una plaga de difícil o imposible erradicación.

Es bien conocida la liberación accidental desde el Museo Oceanográfico de Mónaco de la Caulerpa taxifolia, un alga del Océano Índico, que desde mediados de la década de 1980 se está expandiendo sin control por el Mediterráneo, poniendo en grave peligro las praderas de Posidonia oceánica. En la actualidad se estima que C. taxifolia ha colonizado áreas litorales de Mónaco, Francia, España, Italia y Croacia. Otro caso similar es el de su pariente Caulerpa racemosa, que se introdujo en la cuenca mediterránea oriental a través del canal de Suez en la década de 1930. Avistada inicialmente en las costas de Egipto, alcanzó hacia 1950 Turquía y Túnez. A partir de 1991 su expansión ha continuado hacia Grecia, Croacia, Italia, Francia y España, compitiendo como especie invasora con C. taxifolia.

El cangrejo de Shanghai (Eriocheir sinensis), un manjar de la cocina china importado vivo a los restaurantes de comida asiática, ha colonizado ríos y lagos de Norte América y Gran Bretaña. Más cercana a nosotros es la liberación del cangrejo americano (Procambarus clarkii) y el cangrejo señal (Pacifastacus leniusculus) en arroyos aragoneses, donde ambas especies están desplazando de su hábitat al cangrejo autóctono (Austropotamobius pallipes) hasta ponerlo en peligro de extinción.

Desde su introducción por los colonos europeos en Australia, en el siglo XVIII, el efecto de los conejos en la ecología de Australia ha sido devastador. Los conejos parecen ser el factor más importante en la pérdida de especies en Australia. Son también responsables de graves problemas de erosión, ya que se alimentan de plantas nativas, dejando el suelo expuesto y vulnerable a la erosión eólica e hídrica.

El infame mejillón cebra (Dreissena polymorpha), originario del Mar Caspio y del río Ural y que está colonizando las aguas dulces de Europa, Asia y América del Norte, fue transportado en el agua de balasto de los buques mercantes, o como en el caso de la cuenca del Ebro en el agua de los cebos vivos de pescadores centroeuropeos. Lamentablemente, la lista de especies invasoras introducidas por el hombre bien accidentalmente, o más frecuentemente de forma intencionada, es enorme.

Tradicionalmente las vías de comunicación terrestres y marítimas, y más recientemente las aéreas han facilitado la dispersión de plantas y animales desde cualquier confín del planeta, y entre ellos los parásitos. Organismos como la filoxera (Dactylosphaera vitifoliae), el escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata), la taladradora de la palmera (Opogona sacchari), el gorgojo de la palmera (Rhynchophorus ferrugineus), y el mosquito tigre (Aedes albopictus) se han distribuido desde sus territorios originarios por todo el planeta creando problemas ecológicos, agrícolas, y sanitarios.

La investigación biológica y la modificación genética de especies ha sido otro de los vectores de origen humano que ha afectado a la biodiversidad. La ya mencionada C. taxifolia, modificada genéticamente con radiación ultravioleta en el Wilhelmina Zoo de Stuttgart en Alemania para resistir las condiciones de los acuarios, está causando estragos en el ecosistema litoral Mediterráneo desde su liberación accidental. La abeja africanizada es un híbrido procedente del cruce en un laboratorio brasileño de la subespecie natural tanzana Apis mellifera scutellata con abejas criollas del continente sudamericano. Fue liberada accidentalmente cerca de Sao Paolo en 1957, y ha ido expandiéndose por Sur y Centroamérica, México, Texas, Arizona, Florida y California, colonizando colmenas e hibridándose con las abejas autóctonas, y causando centenares de muertes a humanos debido a su gran agresividad en la defensa territorial.

Hoy más que nunca se puede hablar de un único ecosistema global, en el que las tradicionales barreras biogeográficas que lo fragmentaban han sido prácticamente eliminadas por la actividad y tecnología humana. Por ello resulta fundamental que reflexionemos sobre el impacto que nuestras acciones tienen en el medio ambiente y que seamos conscientes de que una vez que afectan al equilibrio natural sus efectos escapan por completo de nuestro control.

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Responses

  1. […] (Reproducido con autorización de zco1999.wordpress.com) […]

  2. […] ratas, introducidas por el hombre, se comen las crías y los huevos de las aves, constituyendo una plaga que está asolando a la […]


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