Posteado por: zco1999 | 9 agosto 2011

Zabargad: entre el cielo y el infierno

(Publicado originalmente en: PARDO, A. y CRUZ, J. M. (2003): Zabargad, entre el cielo y el infierno, Inmersión, nº 40, pp.6-13.)

Existe un lugar donde el infierno del interior del planeta es capaz de escapar de su encierro profundo y traspasar la superficie del océano hasta hacer suya la tierra firme. Un lugar donde el paraíso ha huido lejos de las estrellas y se ha refugiado bajo el manto protector de las aguas del mar. Un lugar donde la vida y la muerte se funden en un abrazo primordial de una belleza enigmática y sin duda embriagadora.

El Mar Rojo, este mar joven y arrogante, posee una energía vital que parece desbordarse más allá del límite de sus aguas, engullendo la historia de los hombres que poblaron sus orillas. Y en medio de este mar luminoso y milenario se yergue, majestuosa, la isla de Zabargad, un paraje solitario en el que parece condensarse toda la leyenda y la belleza de las aguas que la circundan.

Esta pequeña isla, también llamada Gazirat Murair, que se encuentra en la zona sur del Mar Rojo egipcio, a unas 45 millas de la costa, era la cita ineludible y largamente anhelada hacia la que en estos momentos y desde hace varios días nos dirigíamos, cabalgando sobre las olas con un suave viento de popa.

Una trampa sin salida

Esta isla era bien conocida en el pasado, pues en sus rocas volcánicas se hallaba un mineral, el olivino, que se ha venido usando como gema desde la antigüedad. De hecho, en el Egipto faraónico los suelos y laderas de Zabargad fueron intensamente explotadas como minas de olivino. Por ello, tuvo un asentamiento humano permanente, formado por cientos esclavos y una guarnición de tropas guardianes. Cualquier navío que se acercase a buscar refugio en su costa era asaltado y hundido por la guarnición de la isla, y la tripulación era apresada y esclavizada para trabajar en las minas del codiciado mineral.

En la actualidad, Zabargad es una isla yerma y completamente deshabitada. Sus únicos habitantes son las aves marinas, una pequeña colonia de halcones, los cangrejos que merodean por las orillas y las tortugas marinas que continúan acercándose temporada tras temporada a sus playas para desovar.

En tierra firme

Para acceder a esta isla, a la que el basalto confiere su inconfundible tonalidad negruzca, es necesario atravesar el arrecife barrera. Una vez superado, nos adentramos en el lagoon, cuyas aguas casi saturadas en carbonatos, se nos antojan como un trozo de cielo líquido que hubiese caído de las alturas.

En la orilla, cientos de cangrejos nos reciben entre prevenidos y curiosos agitando sus pinzas y corriendo como arcos de violín hacia la seguridad de sus madrigueras en la arena. Un poco más allá, las gaviotas corretean junto a la suave rompiente. Pero sin duda lo que de inmediato capta toda nuestra atención son todos aquellos centenares de huesos, montañas de huesos de tortuga calcinados bajo el sol. Y como un mal chiste, aquí y allá, los rastros de las últimas tortugas que incapaces de ignorar su instinto y evitar su posible destino, se han visto obligadas a desovar en la misma playa en la que nacieron, al igual que hicieron sus madres, y las madres de estás, ahora seguramente desperdigadas en alguno de esos macabros osarios.

Desde la playa, nos adentramos en la isla. Ahí, a nuestro alrededor, el coral fósil, testigo mudo de las últimas fluctuaciones marinas del Cuaternario, tapiza el suelo marcando antiguos límites del nivel de las aguas y se mezcla con las primeras rocas basálticas, negruzcas, rojizas. Escorias taladradas por innumerables oquedades minúsculas producidas por los gases de las erupciones, con cristales de anfíboles y piroxenos, y en los que de vez en cuando, entre tanta negrura mineral, como pequeños destellos de luz ambarina, aparecen minúsculos cristales de aquel olivino, que atrajo hace siglos a los únicos moradores humanos que tuvo la isla.

Ascendemos por la ladera del volcán, sobrevolados en todo momento por un halcón que, con sus chillidos, parece querer espantarnos de su territorio. El paisaje se va abriendo más y más ante nuestros ojos. A lo lejos, más allá del muro protector del arrecife, nuestro barco, es apenas una insignificante mancha blanca contra el añil intenso donde las laderas del arrecife y del cono volcánico caen vertiginosamente varios centenares de metros hasta encontrarse con el fondo. Y más allá del arrecife, del oleaje del norte con sus espumas blancas, el mar, abrazándonos y fundiéndose con el cielo en ese horizonte infinito, principio y fin de la vida del navegante.

Como una mínima raya de tiza en una inmensa pizarra azul, la estela de la fuera borda, describe una silenciosa parábola rumbo a la costa en busca nuestra. Es hora de regresar, y de emprender la segunda parte de nuestro viaje a Zabargad.

El buceo en el Mar Rojo se limita la mayor parte de las veces a lo que encierran el mar bajo su manto. En Zabargad, sin embargo, ninguna inmersión en sus aguas tendría un sentido completo si antes no se hubiese visitado la tierra firme. Sólo así puede llegar a comprenderse la maravillosa sintonía natural, el fascinante y delicado equilibrio natural que se produce en este peculiar paraje, y sentir su pulso con toda intensidad.

Bajo el agua

Y así acudimos a nuestra primera cita con las aguas de Zabargad, rodeados por una constelación de burbujas que nos envuelve cuando atravesamos la superficie y comenzamos el lento descenso hacia el arrecife. La transparencia de las aguas abruma nuestros sentidos, con una visibilidad de entre 35 a 40 metros el paisaje submarino se despliega ante nuestros ojos con una voluptuosidad dificilmente descriptible. La temperatura del agua, unos 25º C, sin duda, invita a hacer más y más larga nuestra inmersión. A cualquier lugar donde se dirija la mirada, grandes cardúmenes de peces de arrecife parecen estudiarnos de reojo, mientras  algunos grupos de carángidos compuestos por entre 3 y 8 individuos patrullan por la parte exterior del arrecife y se aproximaban de vez en cuando a los cardúmenes, en busca de su ración diaria de alimento.

El coral

El aspecto de las colonias de corales duros es realmente magnífico y saludable. Esto es debido, probablemente, a dos factores de indudable importancia: por un lado, la situación geográfica de Zabargad, al sur del Mar Rojo egipcio y distante unas 40 millas de la costa, lo que implica un mayor aislamiento de las grandes masas de buceadores, ya que únicamente puede llegarse hasta esta isla en cruceros de “vida a bordo” y hacia esta zona se desplazan muchos menos barcos que por la superpoblada zona norte, debido fundamentalmente a las dificultadas logísticas de la travesía, minimizandose así la presión humana sobre estos arrecifes.

Por otro lado, el Mar Rojo es el más septentrional de los mares que poseen arrecifes coralinos, por lo que la temperatura de sus aguas no es tan cálida como la de otros mares más próximos al ecuador. Este hecho, que en principio pudiera parecer un inconveniente a la hora de bucear en él, es una gran ventaja cuando se producen fenómenos de calentamiento anormal de las aguas como ocurrió con “El Niño” de 1998, que tuvo efectos catastróficos en gran parte de los arrecifes coralinos del planeta, mientras que en el Mar Rojo, debido precisamente a esta menor temperatura de sus aguas, prácticamente no produjo efectos adversos.

Multitud de posibilidades

El perfil del fondo que rodea la isla en la cara sur es característico. Desde la superficie del agua, el anillo de coral que rodea la laguna interior cae en forma de pared vertical hasta los 10 o12 metros donde se forma una pequeña terraza. A una profundidad inferior a los 6 metros la pared coraligena se encuentra perforada por un intrincado dédalo de cuevas y galerías producidas por el propio crecimiento coralino, algunas de las cuales llegan a atravesar el anillo en todo su espesor, pudiendo penetrar a través de ellas hasta la laguna interior.

A partir de los 12 metros, el fondo gana pendiente de forma muy brusca, llegando a alcanzar un ángulo de unos 45˚ hasta llegar a los 40-45 metros de profundidad, donde la pared vuelve a ganar pendiente una vez más, cayendo hasta más allá de los 60 metros, donde se ve un fondo arenoso mucho más plano, que continúa descendiendo con suavidad hasta perderse en el azul del fondo marino.

Esta estructura del fondo permite diseñar inmersiones muy diferentes en un mismo lugar, tanto desde el punto de vista técnico como biológico, debido a la clara dependencia de la fauna arrecifal con el grado de insolación que recibe, lo que propicia su estratificación de bandas de diferentes profundidades. Por ello, dependiendo de la zona que visitemos tendremos oportunidad de encontrar asociaciones faunísticas muy diferentes.

Una biodiversidad inigualable

Si recorremos la zona más profunda, la variedad de especies de peces de arrecife disminuye, así como la densidad de ejemplares. Sin embargo, encontramos algunas especies de corales adaptadas a un menor grado de insolación. Por otra parte, y si nos separamos un poco del arrecife, son fáciles los encuentros con pelágicos de la familia de los carángidos, como el carángido de aleta azul (Caranx melampygus), el carángido de manchas amarillas (Carangoides fulvoguttatus) o la macarela salmón (Elagatis bipinnulata), además de poder divisar algún tiburón gris o algún puntas blancas de arrecife.

Si nos movemos en profundidades entre los 10 y los 30 metros nos vamos a encontrar con la máxima expresión de los peces de arrecife habituales en el Mar Rojo. Peces ángel, mariposa, cirujanos, lábridos, damiselas, salmonetes, loros, meros, napoleones, escorpiones, se van sucediendo sin fin, mientras vamos sobrevolando unas perfectas mesas de coral (Acropora sp.) y vemos a los carángidos realizar sus incursiones alimentarias entre los habitantes habituales del arrecife. En esta zona también es posible el encuentro con tortugas que acuden a alguna estación de limpieza para que les hagan un “peeling” de las algas que se les depositan en la concha. Si dirigimos la mirada hacia la superficie nos encontramos con nubes de antias joya (Pseudanthias squamipinnis) que próximos al arrecife se mueven inquietos buscando la protección de los corales ante cualquier aproximación sospechosa de poder tratarse del ataque de un depredador.

En las galería de la zona menos profunda nos encontraremos con los animales fotófobos o de hábitos nocturnos, que buscan los lugares sombríos durante el día , como es el caso de los cardenales, peces ardilla, catalufas, pargos y salivones. Unos habitantes muy habituales en estas cuevas son las rayas de manchas azules (Taeniura lymma), habitualmente posadas en el fondo de las cuevas, sobre la arena o enterradas en ella. También en su interior es frecuente el encuentro con los carángidos en su eterna patrulla a lo largo del arrecife.

Pero si es interesante lo que se encuentra en el interior de las galerías, la visión que tenemos cuando nos echamos la vista hacia atrás es espectacular. Los rayos de sol penetrando entre los corales, cientos de antias anaranjados que se pueden ver en el exterior y a los lados de la boca de la galería, moviéndose como si fuesen un solo ser, mientras un grupo de barracudas se recorta contra el intenso manto azul, nos produce la falsa sensación de pertenecer a la inmensidad de este vergel acuático aunque sólo sea durante unos mínimos instantes de un engaño más deseado que creído.

Bajo las estrellas

La noche transforma el arrecife en un ballet fantasmal, de movimientos pausados, casi letárgicos. Es el momento en el que toda una pleyade de seres parecen surgir con sus tentáculos y mil y un brazos espinosos del inframundo que se oculta tras las grietas de las rocas coralígenas. Se trata, además, de una oportunidad única para contemplar especies que no son muy habituales en inmersiones nocturnas de otras latitudes, como los esquivos peces linterna (Photoblepharon steinitzi), que se esconden en el interior de las cuevas, fácilmente identificables debido al órgano quimioluminiscente que poseen bajo los ojos.

Por supuesto, la fauna habitual en estas inmersiones también se encuentra en las aguas nocturnas de Zabargad. Peces loro durmiendo en el interior de sus capullos mucosos, peces león realizando su ronda nocturna, morenas curioseando desde la entrada de sus cobijos bajo el coral, nudibránquios como la bailarina española (Hexabranchus sanguineus) y una impresionante variedad de crustáceos, crinoideos, y tímidas ofiuras que se pueden ver entre las oquedades que se forman en el arrecife y entre las protectoras ramas del coral de fuego.

El mar

Hay encuentros especiales con el mar. Ese mar primordial que cada uno de nosotros lleva dentro de sí, ese murmullo que nos acuna en los momentos de soledad, y que estalla en nuestro corazón con oleadas de júbilo en algunos momentos especiales de nuestras vidas. Así fue nuestro encuentro con la isla de Zabargad, y el mar que la rodea. Un abrazo desgarrador y tierno en un lugar donde el paraíso y el averno parecen invertir su verticalidad. Retazos de nuestra memoria quedaron para siempre bajo sus aguas, mientras el rumor de la luz lamiendo sus fondos anidó por siempre en nuestros corazones.

Dedicado a todos los miembros de la expedición Oceane II 2002

Para saber más:

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