Posteado por: zco1999 | 11 agosto 2012

Bailando con el tiburón ballena

La primera vez que vi un tiburón ballena fue en una fotografía en blanco y negro, creo que entre las páginas de “Kon-Tiki” de Thor Heyerdhal.  Mis ojos de niño quedaron fascinados por esa librea reticulada con puntos blancos en el centro, y el tamaño descomunal de aquel extraño pez, que era tiburón pero inofensivo. ¿Llegaría alguna vez a ver, a nadar junto a un leviatán semejante? Quería pensar que sí, pero la idea simplemente me desbordaba.

Años después, ya buceador, sabía que tarde o temprano me encontraría con uno, y que no cejaría hasta ver cumplido aquel viejo anhelo. Un día coincidí con un colega de  buceo que a modo de saludo me dijo: “Hay dos tipos de buceadores: los que hemos visto el tiburón ballena y el resto”. La aparente chanza tenía algo más detrás, que quería llegar a descubrir. Hasta que llegase ese momento, yo, a pesar de las inmersiones y la experiencia acumulada a lo largo de los años de buceo, seguiría siendo del “resto”.

Finalmente me llegó la oportunidad durante el monzón húmedo en el arrecife Didhidhdoo del atolón de Ari Sur en el archipiélago de la Maldivas. Ese punto de buceo es conocido por ser una zona de alimentación de jóvenes tiburones ballena que suben por el talud del coralígeno hacia las aguas superficiales en busca de alimento.

La tensión era evidente entre el grupo de buceadores. Los guías oteaban desde la cubierta superior del dhoni en busca de alguna sombra oscura que delatase la presencia de los ballena. De pronto alguien dio la voz de aviso y Eva, la guía, dijo: “Rápido, máscara y tubo, y al agua; hay un tiburón ballena”. Salté al agua junto con el resto de los buceadores. A los pocos segundos ahí estaba. Una cría que mediría unos cinco metros y que pasó entre nuestras aletas con aparente indiferencia, hasta que lentamente se fue perdiendo en el océano abierto. Aquel había sido por fin mi primer encuentro, pero no era suficiente, y algo en mi interior me decía que tendría una segunda oportunidad.

Volvimos al dhoni – el barco de buceo que se emplea en Maldivas- y pregunté a Hussen, el guía de buceo local, como debía aproximarme al ballena si volvíamos a encontrarlo. “Desde abajo, para tratar de mantenerlo en superficie y desde mar abierto hacia el arrecife para tratar de que vuelva y el encuentro sea más largo”, fue su contestación que yo tomé como una lección que quería poner en práctica.

Poneos las botellas y al agua, hay un ballena a la vista”, la voz de Eva nos volvió a poner en marcha como un resorte. Salté, y en cuanto las burbujas se disiparon a mi alrededor, vi aquel enorme pez que se acercaba hacia mí con la lentitud de un zepelín, una mole imparable que  avanzaba hacía mar abierto sin esfuerzo alguno. Al instante traté de poner en práctica el consejo de Hussen. Me sumergí por debajo del colosal pez y comencé a nadar bajo él a toda la velocidad que daban mis aletas. A duras penas era capaz de mantener la posición respecto al tiburón, pero bucenado boca arriba  la visión de la gigantesca cabeza del pez eclipsando la luz del sol y tapando todo mi cuerpo merecía todo aquel esfuerzo. El animal, quizá por curiosidad giró la cabeza y me miró con su diminuto ojo derecho, tal vez preguntándose qué era aquel ser que le llenaba de burbujas su blanca y sensible zona ventral. Yo seguía nadando a todo lo que daban de sí mis piernas, y me interpuse en su camino a las profundidades. Él me miraba, y yo lo miraba a él, a menos de un metro de distancia. No sé qué pensamientos pasarían por el diminuto cerebro del leviatán, pero el mío estaba pletórico de una emoción imposible de describir. A los pocos instantes el animal giró su descomunal cabeza y yo me moví en mi desenfrenada danza hacia su otro costado tratando de cortarle el paso. Y de nuevo nos miramos, él con su ojo izquierdo y yo no sabría si jadeando del esfuerzo o de la emoción de nadar y danzar camino de las profundidades con semejante criatura. Notaba la presión en los oídos y al instante la compensaba, lo que era prueba de que era el tiburón el que me estaba llevando hacía el fondo. Una rápida mirada al profundímetro confirmó mi sospecha. Además, mis piernas estaban perdiendo potencia y sabía que pronto me sobrepasaría. Había llegado el momento de separarnos. Salí de debajo por su flanco izquierdo y fui relajando el aleteo. El tiburón cabeceó de lado a lado una vez más y su descomunal cuerpo fue pasando junto a mí como un tren de mercancías. Vi la librea reticulada y de puntos blancos en el dorso del animal, aquella que me fascinó de niño en la vieja fotografía en blanco y negro, pasar a escasos centímetros, más cerca de lo que jamás hubiese imaginado. En aquellos instantes era como si en el vasto océano sólo existiésemos él y yo y, aunque no debía hacerlo, no pude evitar que mi dedo índice se dejase rozar contra la piel del tiburón en una de las ondulaciones de su formidable cuerpo. Cuando acaricié su suave y arenosa piel, noté como el animal se estremeció. Poco a poco me fui deteniendo en medio del azul y el tiburón terminó de pasar frente a mí. Su enorme cola me abanicó con elegancia mientras su silueta se fue diluyendo poco a poco en el océano profundo.

Podría haberme quedado allí, suspendido a quince o dieciséis metros de profundidad el resto del día, recreando mi encuentro con el tiburón ballena, pero era momento de volver a la superficie. Sin embargo, para mí sorpresa y alegría tuve que posponer el regreso. Allí donde el arrecife se perdía en el abismo, divisé la silueta sombría de otro tiburón ballena. Piqué y el profundímetro fue desgranando su cuenta mientras en mi máscara de buceo la silueta se transformaba en una mole imponente, una hembra de más de ocho metros con una enorme cicatriz que cruzaba su dorso, que patrullaba el talud  a unos 40 m de profundidad como un submarino. Con el rabillo del ojo no podía dejar de mirar el ordenador de buceo, pues mi mezcla de nitrox me permitía bajar a un máximo de 40 m, y me encontraba siguiendo la gigantesca cola del animal a 39,8 m. Tras unos instantes disfrutando con emoción de su elegante navegación, el pez con un golpe de su aleta caudal comenzó a hundirse más y más, y yo, anclado por el nitrox a aquella prundidad, no tuve más remedió que dejarlo ir.

El regreso definitivo a la superficie apenas lo recuerdo. Ahora sé a qué se refería aquel colega: ” Hay dos tipos de buceadores…” Y yo ya he cumplido aquel anhelo imposible de mi infancia.

Con el agradecimiento a los miembros de la expedición “Southern Cross 2012”: Salva – mi dive buddy-, Carlos, Pedro, Alberto, Elena, Elsa, Sara, Pepe y Cris, y los guías Eva y Hussen.

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Responses

  1. Vuelvo de una salida de buceo cercana y admito que también mi pensamiento ha volado estos días a este y otros paraísos lejanos. Con el agradecimiento del usuario: ¡Felicidades y seguro que habrá más!

  2. ¡Esto nos los tienes que contar en persona! Felicidades.

  3. […] tiburón ballena es, sin duda, una de las especies más buscadas de Maldivas. Estos escualos viven en aguas cálidas tropicales y subtropicales, pueden llegar a medir hasta 15 […]


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