Posteado por: zco1999 | 11 marzo 2016

Hallado un marino momificado en su velero a la deriva

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Instante del abordaje al Sayo. LMAX EXCHANGE

(modificado de ELMUNDO.es)

Las cosas más increíbles suceden cuando menos te lo esperas. La mañana del 26 de febrero tendría que haber sido una jornada normal de trabajo para Christopher Rivas y su compañero de tripulación. Un día como otro cualquiera para un par de jóvenes pescadores filipinos, en la primera ventana de mar tranquilo después de varios días de fuerte temporal. Ambos salieron en su pequeño barco de pesca del puerto de Barobo, en Surigao del Sur, cuando aparecían por el horizonte las primeras luces de la mañana y unas horas más tarde estaban faenando en su caladero habitual, a unas 40 millas de la costa. Una jornada rutinaria para dos pequeños pescadores artesanales de un puerto asiático, como tantos otros miles. Un día cualquiera. O no.

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El velero a la deriva interceptado en aguas filipinas. BOROBO PILICE STATION

En algún momento de la jornada de trabajo, cerca de las cuatro de la tarde, Christopher levantó la cabeza de lo que fuera que estuviese haciendo en aquel instante y dejó vagar la mirada sobre el mar, calmo y tranquilo como un espejo. Fue entonces cuando la jornada se transformó en algo difícil de olvidar.

Al principio no sabía muy bien qué era lo que estaba viendo. A cierta distancia, flotando inmóvil sobre las aguas, un bulto de formas inciertas iba a la deriva, llevado por las corrientes y el viento. Christopher y su primo terminaron de izar las redes -al fin y al cabo, para eso habían ido hasta allí- y solo entonces, con parsimonia, se acercaron a aquel extraño objeto a la deriva. Surigao del Sur está relativamente cerca de una arteria marítima principal, una zona que es ruta de paso habitual de los innumerables cargueros que unen China, Corea y Japón con Europa y Estados Unidos. Es una vía naval tan transitada que no es del todo infrecuente encontrarse basura de gran tamaño a la deriva. Muchas veces es solo eso, basura, pero en ocasiones son contenedores completos llenos de mercancía que caen por la borda de un carguero en medio de una tormenta y que quedan a merced de las olas. Es fácil imaginar la tensión que aumentaba a bordo del pequeño barco de pesca a medida que se acercaban al gran objeto flotante: de tratarse de un contenedor repleto de productos de alto valor como electrónica o componentes, y si el agua salada no había hecho demasiados estragos en ellos, a Christopher y su compañero de pesca les habría tocado la lotería.

A medida que se acercaban seguramente su expresión fue cambiando. Estaba claro que aquello no era un contenedor… pero tampoco era basura a la deriva. Puede que en ese momento Christopher se preguntase en qué clase de lío estaba a punto de meterse.

Un maltrecho velero Sun Magic de 40 pies flotaba semi sumergido a apenas unos metros de su barco. El mástil había desaparecido, la quilla estaba inclinada casi 30 grados y media cubierta, repleta de una maraña de cabos y restos destrozados de velas, parecía estar arrasada por las olas. De manera incongruente, los dos paneles solares situados sobre la toldilla de popa permanecían en perfecto estado, como si toda aquella devastación no fuese con ellos. Parte del casco estaba cubierta por algas y moluscos, y una gruesa raya oscura marcaba la línea de flotación, dejando bien claro que hacía mucho tiempo que estaba en el agua, pero aun así se distinguía perfectamente el nombre de la embarcación, Sayo, escrita en grandes letras negras sobre la resquebrajada pintura blanca.

Posiblemente en ese momento Christopher y su primo cruzasen una mirada nerviosa, pero eso no aparece en el informe que redactaron a posteriori las autoridades filipinas de Barobo. Lo que sí aparece es que, armándose de valor, decidieron abordar el velero para descubrir qué era lo que se ocultaba en su interior.

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 Sentado en la mesa de navegación, con la radio junto a sus dedos, parecía dormir. Manfred Fritz Bajorat, de 59 años estaba momificado en el interior de su ambarcaión. BAROBO POLICE STATION

Dólares, latas de comida y fotos

La luz del sol se colaba por los ventanucos abiertos de par en par y por las escotillas superiores, pero aun así, Christopher tardó un rato en habituar su mirada al interior sombrío de la cabina. Una pequeña vía en alguna parte había dejado entrar bastante agua y una charca indefinida repleta de restos de comida, aceite y objetos diversos le llegaba por los tobillos. Entonces vio que al fondo, en el lado de estribor de la nave, un hombre sentado en la mesa de navegación parecía dormitar sobre su brazo derecho, con la radio a pocos centímetros de sus dedos. Según se recoge en su testimonio, antes de que Christopher pudiese pronunciar ni una sola palabra, una ola movió el buque lo suficiente como para que un rayo de luz cayese sobre la cabeza del hombre y fue entonces cuando el pescador filipino comprendió que su día se acababa de complicar de verdad.

Al fin y al cabo, no todos los días te tropiezas con un barco fantasma tripulado por una momia.

Las horas posteriores fueron un caos, y el detallado informe de la Estación de Policía de Barobo nos permite reconstruir casi paso a paso lo que sucedió. Los dos pescadores dieron aviso por radio al tiempo que remolcaban el maltrecho yate hacia la costa. Por el camino, la vía de agua se fue ensanchando y cuando las autoridades se acercaron por primera vez al interior del Sayo el agua ya le llegaba al cadáver desecado casi por las rodillas.

Lo primero que observaron fue que todos los objetos de valor seguían a bordo, lo cual descartaba que aquello fuese obra de un asalto pirata, algo que no hubiese sido nada extraño en unas aguas infestadas de depredadores. Había una cartera llena de dólares y euros, grandes reservas de comida enlatada y un costoso equipo de telecomunicaciones, a pocos centímetros del cadáver. Flotando en el agua estancada de dentro de la cabina, docenas de fotos arrancadas de un álbum se desdibujaban lentamente a medida que los rostros sonrientes de las imágenes se transformaban en borrones de colores. En las fotos se veía a un hombre de mediana edad junto con una mujer guapa y sonriente y una niña que a medida que iban pasando los años se transformaba en una muchacha atractiva. Las fotos iniciales, tomadas en alguna ciudad centroeuropea, pronto daban paso a imágenes de la sonriente pareja a bordo de aquel barco en los puertos más insospechados del mundo. Una cartera plastificada con documentos permitió darle una identidad al tripulante misterioso cuyo cadáver momificado observaba aquel trajín: su nombre era Manfred Fritz Bajorat, un alemán de 59 años que no había sido visto por nadie desde que en el año 2009 recaló en el puerto de Mallorca. Un año después, el Sayo se cruzó con otro barco en alta mar, y desde aquel instante, excepto por algún mensaje en su página de Facebook, era como si se lo hubiesen tragado las olas… hasta que apareció momificado en las costas de Filipinas.

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Lugar donde fue encontrado a la deriva el velero de Fritz. DAILY MAIL

Las preguntas se empezaban a acumular sobre la mesa. ¿Qué le había pasado a aquel barco? ¿Cómo había muerto Manfred y cuándo? Y sobre todo, ¿cómo era posible que su cuerpo estuviese tan espantosamente bien conservado, en un último gesto de hacer una llamada de radio? ¿A quién quería llamar y para qué?

Pronto se empezaron a atar cabos. Mientras en el exterior del Sayo se amarraban docenas de boyas para impedir que el barco, exhausto después de haber cumplido su última singladura se fuese a pique, un forense examinaba el cuerpo del marinero. Su primera conclusión es que un infarto fulminante había acabado con él y que llevaba muerto más de un año, probablemente dos. Una extraña y curiosa combinación de altas temperaturas -el calor dentro de aquella pequeña cabina era sofocante- junto con un fuerte viento marino cargado de sal, había ido desecando el cadáver de Manfred Bajorat hasta dejar una momia en perfecto estado.

El contraste entre el cuerpo incorrupto de Bajorat y sus fotos familiares desdibujándose lentamente y vaciando su pasado resultaba profundamente perturbador. Sin embargo, algo mantenía alerta a la Policía filipina: apenas había objetos personales del único navegante del barco más allá del álbum de fotos. Y lo que es más inquietante, hace un mes, el 31 de enero, el LMAX Exchange, uno de los barcos participantes en la vuelta al mundo a vela Clipper Race, dio aviso de un yate a la deriva con el mástil perdido y de las mismas características que el Sayo, a la altura de Guam, a más de 1.000 millas náuticas del lugar donde Christopher Rivas hizo su macabro descubrimiento. Pese a que incluso llegaron a abordarlo, la organización de la carrera hizo caso omiso de esa advertencia por motivos desconocidos y el Sayo continuó su camino durante un mes más.

“Que tu alma encuentre paz. Tu Manfred”

Resulta difícil comprender cómo un velero de 12 metros puede navegar a la deriva durante varios años sin que nadie se dé cuenta de ello. Quizás la enormidad del Pacífico y el propio carácter solitario de Bajorat ayuden a comprenderlo. Fue a finales de los 90 cuando este antiguo vendedor de seguros en una ciudad del bajo Ruhr alemán, después de toda una vida ordenada y tranquila, decidió huir del frío, vender todo lo que tenía y lanzarse a recorrer los mares del mundo con su mujer, Claudia.

El sueño se rompió bruscamente en el año 2010 cuando Claudia murió de cáncer y Bajorat la enterró en la isla caribeña de Martinica. A partir de ahí se le pierde el rastro, excepto por breves actualizaciones de sus cuentas en redes sociales, hasta que de repente, hace casi dos años, desapareció por completo. Uno de los documentos recuperados en la cabina del Sayo era un texto de unas 20.000 palabras que Manfred Bajorat le dedicaba a su mujer y en el que estaba trabajando cuando la muerte le sorprendió en alta mar. “Treinta años estuvimos en el mismo camino. Luego el poder de los demonios fue más fuerte que el deseo de vivir. Te fuiste. Que tu alma encuentre paz. Tu Manfred”.

Es fácil imaginarse el sentimiento de pérdida de aquel hombre en alta mar, navegando sin rumbo en busca de un consuelo que la enormidad del océano no le podía dar de ninguna forma. También resulta fácil imaginarse el momento de pánico en el que Manfred Bajorat sintió el pinchazo delator en el pecho que le anunciaba que estaba sufriendo un infarto de miocardio, totalmente solo y a cientos de kilómetros del lugar habitado más cercano. Es imposible no estremecerse al recorrer con él los pocos metros que le separaban de la mesa de navegación donde estaba la radio y tratar de mandar un mensaje de socorro con dedos cada vez más torpes y la mirada cada vez más perdida. Lo que no hace falta imaginarse es la postura plácida y relajada en la que quedó su cuerpo, con la mano muy cerca del transmisor, sumergido en un profundo y eterno sueño del que ya nadie le podría despertar.

Durante casi dos años, como una moderna versión del El holandés errante, el Sayo y su capitán fantasma recorrieron juntos el Pacífico, atravesando tormentas, zonas de calma y largas noches de verano y de crudo invierno. Durante todo ese tiempo, tan solo las estrellas y alguna ballena solitaria fueron testigos de cómo el velero iba, poco a poco, cayendo víctima de los elementos, mientras su capitán permanecía incorrupto haciendo una llamada eterna de auxilio. Seguramente, antes de perder su mástil en una tormenta, el Sayo se cruzó con muchos pesqueros y mercantes que lo vieron pasar ajenos a que ninguna mano humana manejaba ya su timón.

Quedan todavía muchas preguntas por responder sobre el extraño viaje de años del Sayo, pero quizás las más acuciantes sean estas dos: ¿estaba realmente solo Manfred Bajorat en el momento de su muerte? Y si es así, ¿dónde está su ordenador portátil, el único objeto que la Policía de Barobo no ha podido encontrar? El único que puede tener las respuestas a todas esas dudas ha estado sentado en la misma silla, durante dos años, esperando a que alguien hiciese las preguntas. Durante todo este tiempo, una placa atornillada en uno de los mamparos del velero ha estado siendo testigo del lento discurrir de la travesía. En esa placa de bronce hay grabado un mensaje que, visto ahora en perspectiva, resulta estremecedor: “Este barco es una delicia para el capitán, pero un infierno para sus marineros“. No cabe la menor duda de que Manfred Bajorat, como capitán y único tripulante del Sayo, conoció profundamente los dos extremos de esa sentencia… Y solo él tiene las respuestas a todas las preguntas que aún están pendientes de contestar.

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Responses

  1. No dejais de sorprenderme admirativamente pues cuanto enviais es una maravilla . Acabo de llegar cerca de Nerja despues de unos dias en Cabo de Gata y ahora , al parecer , tengo mejor cobertura pues las ondas y/o corpùsculos , me resultaban belicosas por Almerìa…Seguirè una temporada por el Sur hasta que vaya a Barcelona a la mesa electoral …¡Què bien pasan los años…! Gracias mil por todo y abrazos gordos y cariñosos
    Manolo…….26 de mayo de 2016


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