Posteado por: zco1999 | 23 marzo 2011

Los ibones, islas de agua en medio de un mar de montañas

(Reproducido de www.diariodelaltoaragon.es)

Los ibones o lagos de montaña son una de las piezas fundamentales de la riqueza natural y ecológica del Pirineo oscense. Pese a su carácter emblemático de los entornos pirenaicos, están condicionados por su propia evolución pero, sobre todo, por la influencia del hombre. Precisamente, una investigación de la Escuela Politécnica de Huesca intenta conocer más a fondo estos lagos glaciares, así como preservarlos de los malos usos o hábitos que los humanos podemos tener.

I.CAMBRA, 20/03/2011

HUESCA.- En primer lugar, se parte de la base de que hay muy poca información de estos lagos de montaña, de ahí la importancia de la investigación que lleva por título “Valoración del estado de conservación que presentan dos ibones situados en el Pirineo oscense, Baños y Sabocos: diagnóstico, análisis comparativo y propuesta de alternativas para su gestión”, financiado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses y ejecutada por un grupo de investigadores de la Escuela Superior Politécnica de Huesca.

Uno de los investigadores, Alfonso Pardo, trasmite que “son unos lagos que tienen unas características muy especiales” ya que, “en principio, la calidad ambiental y la actividad de esas aguas son el nivel de base de la calidad del resto del agua que hay en las cuencas hidrográficas”, a lo que añade que “su ubicación en las montañas hace que tengan un interés ecológico muy especial”, “son humedales en medio de ambientes muy secos”.

En cuanto a sus usos, Pardo afirma que “los emplean un montón de organismos” para “poner sus larvas”, por lo que son “unos ecosistemas en los cuales, cualquier pequeña perturbación provoca un desequilibrio importante”. Asimismo, Pardo añade que “desde un punto de vista más humano, durante siglos han sido reservorios de agua para pueblos de alta montaña, han sido reservorios de agua para la ganadería, fuentes de energía hidroeléctrica y demás y en los últimos años son fuentes de ingresos por turismo y deportes.” En este sentido, Pardo habla de que es interesante dar a “conocer lo que podemos hacer sin perturbar su ecosistema”.

Pardo afirma que el conocimiento de estos lagos de montaña se encuentra en una “fase muy inicial” porque “no hay datos y los primeros datos que tenemos son los propios nuestros”. El investigador relata que comenzaron sus trabajos sin saber ni siquiera cuantos ibones había en Aragón, a partir de un inventario inacabado de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE).

De esta manera, en la investigación tienen inventariados 197 ibones en el Alto Aragón, muchos de ellos con características muy diferentes. Seleccionados algunos de los más accesibles, comenzaron su investigación y, con las primeras analíticas, se dieron cuenta de que “las condiciones no eran tan buenas como nos gustaría que fuesen”, aunque asegura que es una “situación reversible”.

En sus diferentes investigaciones y limpiezas subacuáticas de los ibones, Pardo asegura haberse encontrado “con sorpresas”, “viendo todo lo que hay en el fondo de los ibones” , hallando desde bidones de gasolina, ruedas de coche, bocadillos enteros envueltos, ya que en estos lagos de montaña “se conservan durante tiempo y tiempo” puesto que “es un agua muy fría con muy pocos organismos”. Pardo cuenta que “cuando te sumerges y ves cómo está tapizado el fondo, dices, ¿cómo es posible “.

ECOSISTEMAS CERRADOS

Este investigador se refiere a los ibones como “islas de agua en medio de un mar de roca”, lo que motiva que tengan un cierto aislamiento.

Precisamente por ese aislamiento, “no debería haber peces en los ibones”, ya que “muchos de ellos -de los ibones- no tienen conexión directa” con los cursos de agua. “Los peces que hay son introducidos por los pescadores” y “estos peces, que son depredadores, se alimentan de todo lo que encuentran, fundamentalmente las huevas de los anfibios, las puestas y las nidadas de los invertebrados”, de manera que “te encuentras con un segundo ecosistema”.

Un problema que se encuentra en los ibones se detecta en su “cadena trófica” o cadena alimentaria. Pardo afirma que “todo comienza por los organismos fotosintéticos, por las plantas” y en los ibones “estas plantas son microscópicas, es lo que se denomina fitoplanctón”, que “se alimenta de los nutrientes que hay en el agua, fundamentalmente los nitratos y los fosfatos”. Estos nutrientes “provienen de la materia orgánica que hay en descomposición dentro del agua o en los alrededores”, por lo que “cuando hay vertidos directos” aumenta “muchísimo la cantidad de nutrientes” y el fitoplanctón “empieza a reproducirse tanto que se reproduce demasiado, entonces lo que hace es enturbiar las aguas, que se ponen de color verde”. Este enturbiamiento, a su vez, produce que “no lleguen los rayos de sol al fondo, con lo cuál todos los organismos que viven en el fondo, mueren”. Además, “las plantas que viven en el fondo crecen mucho -para llegar a la luz- y tapizan todo el fondo”, produciéndose una “eutrofia o exceso de materia orgánica, exceso de nutrientes”. Este exceso se da por “unos vectores de contaminación orgánica”, como vertidos directos o “ganadería directa”.

ESTADO ACTUAL DE LOS IBONES Y GESTIÓN FUTURA

Pardo afirma que “todavía no hemos encontrado un ibón de referencia, uno que no tenga resto alguno de influencia humana”, y “de los que hemos visto hasta ahora tienen más atropización de la que sería deseable”, pero añade que “si se hace una buena regulación, una gestión sostenible y de alguna manera una tonificación de ibones, es decir, reservar algunos ibones como reservas ecológicas que no deben ser perturbados, otros a los que se pueda acceder con unas ciertas limitaciones y otros que puedan seguir utilizados para las poblaciones que viven alrededor, para usos pesqueros, ganadería..”; con esta práctica, Pardo considera que “se conseguiría de alguna manera satisfacer todas las necesidades. Las necesidades humanas, las de los visitantes que quieran disfrutar de un entorno natural bonito, las de los empresarios y la gente de los pueblos y las de la propia naturaleza y del patrimonio natural”, o lo que sería lo mismo, “coordinar los usos de los ibones”, aunque Pardo advierte que para eso “hay que saber cuál es el estado de cada uno de los ibones”.

Pese a toda esta contaminación, Pardo dice que en los últimos diez años se ha dado “un cambio de actitud de la gente hacia los ibones”, produciéndose “un proceso de concienciación” sobre la importancia y riqueza natural que estos lagos de montaña suponen.

Más información publicada en el Diario del Alto Aragón:

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